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1. LEYENDA NOHA Una leyenda nahoa, muy bella por cierto, narra el origen del alacrán de la siguiente manera: "Yappan, para hacerse grato a los dioses, se separó de su esposa Tlahuitzin y subió al Tehuéhuetl, piedra sagrada, e hizo votos de castidad. Los dioses para tentarlo y probar sus intenciones y fortaleza, le enviaron a la diosa del amor impuro, Tlazoltéotl, hermosa y seductora mujer que se entregó en brazos del penitente, quien al mirar aquello quebrantó sus votos y se entregó al pecado. Los dioses enviaron para que castigara al perjuro, a Yáotl, enemigo de Yappan, quien le cortó la cabeza de un sólo tajo. Yappan cayó de bruces con los brazos extendidos, y entonces, los dioses lo convirtieron en un alacrán que corrió a esconderse debajo de la piedra que había profanado". 2. EL ALACRÁN DE LA CÁRCEL DE DURANGO En las postrimerías del siglo XIX, cuando el gobierno del General Porfirio Díaz se encontraba perfectamente consolidado, existió en la antigua cárcel de Durango, la "celda de la muerte"; llamada así, porque al desgraciado que metían allí, amanecía misteriosamente muerto. Esta es la leyenda de Juan, reo que sin saber que estaba sentenciado a muerte, descubrió el misterio. Resulta que a Juan lo condenaban a muerte por haber golpeado al dueño de una hacienda, hecho que se suscitó porque el dueño de la hacienda estaba enamorado de la novia de Juan, y quería casarse con ella; al encontrarlo Juan en casa de la muchacha, se hicieron de palabras y así Juan fue a dar a la cárcel. Pero las autoridades de la penitenciaria habían dicho, que le darían el perdón al que descubriera que era lo que causaba la muerte a todos los que tenían la desgracia de llegar a esa celda. Habiendo escuchado esto Juan, pidió que lo llevaran a la celda con una vela y una caja de cerillos, para así poder descubrir el misterio. Se hizo de noche, y él con su vela encendida vigilaba atento, cuando de pronto, escuchó una serie de ruidos, pero no se veía nada. Ocurrió que la vela se le estaba terminando y apenas eran pasadas las 3 de la mañana. La vela terminó por acabarse, y Juan se quedó sin luz. Entonces comenzó a escuchar ruidos otra vez, y con la caja de cerillos que tenia, prendió y vio como de la pared aparecía un enorme alacrán, lo vio con terror y espero a que bajara al piso, una vez ahí lo tapó con su sombrero. A la mañana siguiente que fueron los guardias a recoger el cadáver, resultó que Juan estaba vivo y deteniendo el sombrero en el piso; entonces, los guardias levantaron el sombrero y vieron el enorme alacrán causante de tanta muerte. De esta forma, Juan descubrió el misterio y le perdonaron la sentencia que tenía, salió y se casó con su novia. Leyenda
tomada del libro: 3. EL ALACRÁN DE LA CÁRCEL DE DURANGO La leyenda cuenta que en 1884, en la Hacienda de la Cacaria, vivía un joven moreno, alto y robusto llamado Juan. Le decían Juan sin miedo porque era un hombre que no conocía el temor. Un día llegó un perro rabioso a la hacienda, la población se alarmó y cerró las puertas de sus casas. En la escuela, el profesor no supo del peligro y les dio salida a los niños cuando el perro pasaba por allí. Al mirar desde su ventana el peligro, Juan sacó su escopeta para tirarle al perro y justo cuando le disparó al animal, una señora llamada Doña Elvira, se atravesó y la bala le traspasó el pecho muriendo casi instantáneamente. El perro perseguía a los niños, y Juan en vez de huir, cogió un hacha y golpeó la cabeza del perro dándole muerte. Juan, rápidamente fue con Doña Elvira y la cogió en los brazos, pero ya era muy tarde, ella había fallecido. Juan fue encarcelado y tendría que pagar por su delito con 20 años de prisión. Después de estar 7 años prisionero en la cárcel de Durango, llegaron órdenes de sentenciarlo a la Celda de la Muerte. Luego se supo que el hijo del dueño de la Hacienda de la Cacaria, quería que Juan muriera para quedarse con su prometida. Cuando el director de la penitenciaría le preguntó a Juan. ¿qué necesitas?, Juan le contestó: "un banco, una docena de velas de sebo grandes y una caja de cerillos". Cumpliendo con su petición, le entregaron lo que pidió y lo encerraron en la Celda de la Muerte. Mientras la vela se iba gastando, el joven comenzó a acordarse de toda su vida. Las horas parecían siglos, y hora tras hora contaba las campanadas que daba el reloj de la catedral. Cuando ya el temor lo vencía, prendía la vela unos minutos y veía a su alrededor. Cual fue su gran sorpresa al ver un enorme alacrán de unos 30 centímetros de largo, que pronto se ocultó en su madriguera. Tomó los cerillos y apagó la vela, permaneciendo en silencio y dejando transcurrir el tiempo. El problema se concretaba en matar al animal, o cuando menos, no dejarse picar. Cuando el reloj sonó a las 5 de la mañana, encendió el cerillo y el cúbito de su última vela y miró el enorme alacrán que estaba a un paso de su banco; sin pensarlo mucho, se quitó el sombrero y lo arrojó sobre el animal, al ver que lo había atrapado, puso el banco sobre el ala del sombrero, asegurándose de que el arácnido no escapara. Se volvió a quedar a obscuras, y por unos minutos lloró sin poder contenerse. De lejos, se escucharon los pasos de los camilleros que venían por el cadáver de Juan para enterrarlo. Juan, con modestia después de saludarles, les pidió que le ayudaran a sacar al alacrán asesino. Juan fue indultado y puesto en libertad por su hazaña, volvió a la Cacaria y se casó con Lupe. El calabozo dejó de ser la Celda de la Muerte, y volvió a su antiguo nombre: "La celda de San Juan". En la actualidad no existe la cárcel, ni se sabe el lugar exacto de los acontecimientos. 4. EL ALACRÁN DIABÓLICO Cuenta la leyenda, que en los últimos años del siglo XVIII, sucedió en una cárcel pública, que fue derrumbada posteriormente, y en lo que hoy es el centro de la ciudad, un hecho insólito que causó grandes confusiones a los carceleros y a todas las autoridades. Sucedía que todo preso que se encerraba en una de las celdas, y a la que tomaron horror, amanecía muerto al siguiente día, sin que nadie pudiera atinar la causa de ello. Aquella celda fue elegida para encerrar a los individuos más peligrosos y criminales. Varios individuos habían muerto ya en aquella celda maldita, y empezaron a esparcirse mil supersticiones acerca de ella. Decían que un horrible espectro penetraba a media noche en la celda sin necesidad de abrirla, y estrangulaba a quien se encontraba dentro. Otros aseguraban que el ambiente del calabozo estaba envenenado, y no faltó quien asegurara que diariamente, a eso de las doce de la noche, la celda era visitada por el diablo que se llevaba el alma del infeliz, a quien le tocaba la mala suerte de ser asegurado en aquel siniestro calabozo. Uno de los presos que estaba condenado a varios años de cárcel, una noche, tuvo la ocurrencia de pedir que se le encerrara en aquella celda, expresando su convicción de que nada le pasaría, y que no creía en las desgracias que allí habían acaecido, interviniera influencia sobrenatural alguna. Poco trabajo le costó a aquel reo (a quien sus compañeros calificaron de necio o estúpido), obtener la realización de un deseo, logrando también, se le proveyera de alumbrado suficiente para pasar la noche. Al entrar a la celda, y recordando que muchos habían muerto allí por causas ignoradas, deploró su capricho; pero su sentimiento de hombría le obligó a sostener su decisión. Sentado en una silla pasaría la noche. Momento a momento esperaba la aparición de algún monstruo, de algún fantasma, recibir algún golpe asestado por una mano invisible, o la verificación de algún otro incidente trágico de aquellos que el vulgo decía se verificaban en aquella celda. Aguzaba el oído y el olfato, constantemente con su vista recorría el derredor del calabozo... nada; las horas transcurrían sin que algo extraordinario ocurriese. Apagó la vela con la curiosidad de si en la sombra sucedería alguna cosa, y aunque nada aconteció, experimentó un temor inusitado, inexplicable y encendió de nuevo la vela. Entonces, los ojos del reo descubrieron a media pared, un alacrán enorme que mediría unos veinte cm. con todo y cola. Creyó el preso que el animalejo huiría al verle o al sentir algún movimiento, pero el alacrán bajó resuelto hasta llegar al piso, y con rapidez y audacia se dirigió hacia él con la cola erecta. El preso huía en derredor del pequeño calabozo, pero viéndose perdido, se quitó el sombrero y lo colocó sobre el alacrán, dejando a éste en el hueco de la copa de dicho sombrero, y al que aseguró colocando sobre él la silla misma en la que antes estuviera sentado y otros objetos, que con su peso impidieron que el alacrán saliera por debajo del sombrero. Cuando por la mañana siguiente el carcelero abrió aquel calabozo, se sorprendió grandemente de no encontrar muerto al reo, quien le explicó lo que pasaba. Se dio cuenta de esto a las autoridades, quienes ordenaron que el alacrán asesino fuera cogido vivo como sucedió. Era indudable que este animal había causado la muerte de los presos, que con anterioridad habían estado allí, y como además de la notabilidad de aquel alacrán por las víctimas que había hecho, era un ejemplar magnífico por su enorme tamaño, fue enviado con todo cuidado al museo de la capital de la República. A partir de aquella fecha, ninguna desgracia volvió a ocurrir en la celda maldita, y el preso que atrapó al alacrán fue premiado con el indulto, pues había concluido la mitad de su condena y había mostrado siempre buena conducta en la cárcel. 5. LA LEYENDA DEL ALACRÁN DE DURANGO Trata de una celda, en donde los prisioneros que entraban prácticamente estaban condenados a la muerte, ya que cada preso que llegaba a ella, al día siguiente aparecía muerto y no se sabia por qué. Un día, un prisionero pidió en su último deseo que le permitieran una vela encendida y un sombrero; entonces, en vez de dormirse se puso a observar que era lo que hacía que todos los presos amanecieran muertos, y grande fue su sorpresa cuando del muro de la celda bajó un enorme alacrán, a quien ya en el piso atrapó con su sombrero, y así permaneció toda la noche. En la mañana los guardias fueron a sacar el cadáver del prisionero y mayor fue su sorpresa, pues aún lo encontraron vivo resguardando su sombrero. El preso les señaló que debajo estaba un enorme alacrán; desde entonces, ningún prisionero volvió a sufrir tal suerte, y aquel reo se ganó la libertad. 6. EL ALACRÁN DE LA CÁRCEL DE DURANGO En las postrimerías del siglo XIX, cuando el gobierno del General Porfirio Díaz se encontraba perfectamente consolidado, existió en la antigua cárcel de Durango, "La Mazmorra de la muerte" o "Calabozo de la muerte", llamada así, porque al desgraciado que metían allí amanecía misteriosamente muerto. En Canatlán, Durango, vivía Juan quien era un muchacho de piel morena, ojos negros, alto y robusto. Sus compañeros le decía "Juan sin Miedo", asociando su nombre con el personaje de un cuento así denominado. La gente decía que en realidad no conocía el miedo, porque lo habían visto montar a potros brutos que ya habían tumbado a todos los caporales de la hacienda, y Juan había conseguido dominarlos. Esa y otras muchas anécdotas pintaban a Juan como el joven más valiente del pueblo, por lo que el muchacho se sentía orgulloso y empezó a creer que efectivamente él no tenía miedo a nada. En una ocasión llegó un perro con rabia a la hacienda. La población se alarmó y cerrando la puerta de su casa, todos trataban de ponerse a salvo de una mordedura. En la escuela, el profesor no supo del peligro y les dio salida a los niños cuando el perro pasaba por ahí. Juan contemplaba aquello desde su casa que se encontraba frente al galerón viejo que servía de escuela. Al mirar el peligro, Juan no lo pensó dos veces, descolgó de la pared la escopeta de la familia que se encontraba cargada, y apuntando desde dentro de la casa le disparó al animal, en el preciso momento en que Doña Elvira se atravesaba tratando de proteger a su hija Catalina que salía de la escuela. Doña Elvira cayó al suelo Juan no se amilano ni trato de emprender la huida, regresó por un hacha y mató al perro. Llegaron al lugar de los hechos, el Patrón, el Cura y Don Timoteo, que era el Juez del Cuartel. La gente se hizo a un lado; Don Procopio el hacendado, preguntó: ¿cómo sucedió esto? Juan sin inmutarse explicó los hechos palmo a palmo. Los tres escucharon sin interferencia; cuándo en el relato se trató del perro, Don Procopio, levantó la cabeza y por debajo de su sombrero charro divisó el animal que estaba tirado donde Juan le había dado el hachazo. Al final de aquella improvisada declaración, el hacendado que era el único que hablaba, dijo: ¡enciérrenlo en la bartolina! Pero el Juez lo mandó encerrar en la "Celda de la muerte" que se encontraba en la cárcel de Durango. Habiendo escuchado Juan esto, pidió que le llevaran a la celda una docena de velas de sebo grandes y una caja de cerillos, el muchacho no pedía arma alguna porque sabía que no se la permitirían. Los materiales solicitados se le proporcionaron a Juan, y la pesada puerta de aquella celda se cerró; Juan sin Miedo quedó dentro de ella resuelto a descubrir el misterio. Las horas se le hacían siglos y con atención contaba las campanadas que a cada hora daba el reloj de la Catedral, con el único temor de quedarse dormido y no volver a despertar. A las dos de la mañana se dio cuenta, que el cálculo que había hecho de consumir una vela cada hora resultó erróneo, en ocho horas de encierro llevaba once velas y sólo le quedaba una para las cuatro horas que faltaban para que amaneciera; se iba a quedar sin luz y pensaba solamente que después de esto vendría la muerte. Apagó la vela, tomó los cerillos en la mano con la intención de encenderlos al menor síntoma de anormalidad, todo esto para racionar combustible. El miedo lo venció y prendió la luz, encendió la vela y al registrar cuidadosamente el piso y las paredes del calabozo, en una pared lateral casi junto a las vigas del techo, divisó un enorme alacrán como de 30 cm. de largo, que con la cola parada, al sentir la luz de la vela regresaba lenta y pesadamente a su madriguera. El preso veía que la única vela que le quedaba se consumía rápidamente, y le faltaban tres horas para que amaneciera. Aquel hombre sudaba a chorros, quería gritar, golpear la puerta, pedir auxilio. Pero nadie lo escucharía ni nadie se lo daría. En aquel momento de agonía indescriptible, se serenó y decidió esperar la muerte resignado, pero reflexionó enseguida y dijo: debo apagar la luz para que el alacrán baje y si es él el que mata a los presos, antes de que me pique lo mato encendiendo el cabo de vela que me queda. Tomó los cerillos en su mano y listo para encenderlos de improviso, se sentó en el banco y le sopló a la vela. En aquel mundo de oscuridad sudaba con mayor abundancia. Lo atormentaba el pánico al pensar que a lo mejor encendería la vela ya cuando fuera demasiado tarde, porque el enorme alacrán que ya había visto, lo hubiese picado. Decidió encender el cerillo que tenía en la mano, y recibió la angustia y la desesperación que no esperaba, el cerillo se había mojado con el sudor y al tallarlo en la caja se desmoronó. Sintió que las fuerzas le faltaban y que se desplomaba sin sentido al suelo, cayendo pesadamente sobre el piso de la celda. La vida de Juan sin Miedo dependía de unos cuantos minutos. Un sopor de resignación y sensación de indiferencia inundó su cuerpo, y se quedó tirado totalmente relajado sobre las lozas húmedas del calabozo; Juan había quedado sin sentido y en oscuridad, cuando estaba a punto de ganar la batalla contra la muerte. De pronto el deseo de vivir en aquel joven afloró del subconsciente. Le salieron fuerzas no supo de donde, se incorporó violentamente, palpó con las manos sobre el piso y encontró los cerillos que había soltado, la caja estaba totalmente mojada. Talló un fósforo sobre la loza y no encendió, se desmoronó. Nerviosamente tomó otro y lo frotó sobre el cinturón. El cerillo prendió y se iluminó la celda. Encendió el pedazo de vela y miró asustado el enorme alacrán en la pared a menos de un metro del piso. El arácnido al sentirse descubierto huyó violentamente y se ocultó en su escondite. El reloj sonaba las cuatro de la mañana, faltando dos horas para que amaneciera. Juan se serenó, ya no había duda, era aquel enorme alacrán de color blanco avinagrado que tenía pelos pequeños y rojos en el lomo y en las antenas. Serenamente dejó que pasara el tiempo, y cuando el reloj sonó las cinco de la mañana, encendió el cerillo, prendió el pequeño cabo de su última vela y al revisar la celda, miró el enorme animal que al acecho de Juan esperaba estático a menos de un metro del banco. Juan midió el peligro; el banco con el que había pensado antes matarlo ya no lo podía usar para eso, porque se encontraba sobre él, y sin pensarlo mucho, se quitó su sombrero de palma de falda ancha, y con cuidado de no errar lo arrojó lentamente sobre el arácnido. Al sentir que lo había atrapado, bajó violentamente del banco de tres patas y lo puso sobre el sombrero para que no escapara su preciosa presa. Se volvió a quedar a obscuras y prorrumpió en llanto, cuando de pronto, los pasos de dos camilleros y un carcelero se oyeron en la puerta, iban a recoger el cadáver para enterrarlo. Juan, después de saludarlos les dijo: ayúdenme a sacar una cosa que tengo aquí. Es un alacrán muy grande que es el que ha matado a todos los presos que han muerto en esta celda. Al animal lo atraparon vivo y poniéndolo en un enorme frasco de vidrio, lo mandaron como ejemplar raro al Museo Nacional de Historia Natural, en México, D.F. donde por mucho tiempo se exhibió con esta inscripción al calce: "El alacrán de la cárcel de Durango". Juan fue indultado y puesto en libertad por su hazaña. El calabozo dejó de ser "La celda de la muerte" y volvió a su antiguo nombre "La celda de San Juan". En la actualidad no existe la cárcel que se menciona, y a la distancia de un siglo, se perdió el lugar exacto de los acontecimientos, quedando entre los Durangueses, solamente el recuerdo de esta leyenda. 7.
LEYENDA DEL ALACRÁN No todos comparten el sentimiento de temor que embarga el corazón, al ver un alacrán. No, hay personas a las que les da gusto encontrar alacranes. Esto es, a los cazadores de alacranes o alacraneros, como se les solía llamar a principios del siglo XX. Su oficio, con cierto orgullo, se trasmitía de padres a hijos. Este trabajo consistía en capturar alacranes vivos, que anteriormente el ayuntamiento de Durango compraba, para luego mandar el veneno al Instituto de Higiene en México, D.F. para la elaboración del suero antialacránico. A la entrada de la oficina que atendía dicho trámite, había un anuncio que decía: "aviso: por orden superior, no se compran alacranes sueltos, sino al medio mayoreo o mayoreo". Esta profesión es única en el mundo. La única habilidad que se requiere es la de manejar con destreza dos largos palillos con que sujetan del tórax a los alacranes, introduciéndolos rápidamente en una botella de cuello angosto para que no puedan escapar. Por lo regular, a media noche dan por terminada su labor y tapan bien sus botellas y se retiran a sus casas, en donde almacenan el peligroso cargamento. El más famoso alacranero de Durango fue Don Catarino Hernández que vivía en la esquina de las calles de Ocampo y Mina, a espaldas del templo de Analco. |
| 1. Nombre de la escuela: Esc. Prim. No. 12 C.E. "Miguel Hidalgo" |
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| Estado: Durango | |
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| 2. Nombre de la escuela: Esc. Prim. Netzahualcoyotl |
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| Estado: Durango | |
| E-mail: pridgo22@prodigy.net.mx |
| 3. Nombre de la escuela: Esc. Prim. José Arreola Rodríguez |
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| Estado: Durango | |
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| 5. Nombre de la escuela: Esc. Prim. Ricardo Castro |
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| Estado: Durango | |
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| 6. Nombre de la escuela: Esc. Prim. Netzahualcoyotl |
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| 7. Nombre de la escuela: Esc. Prim. No. 12 "Miguel Hidalgo" |
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| Estado: Durango | |
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