La casa nueva ...............................................Preguntas
guía
A
Elena Poniatowska
Claro
que no creo en la suerte, mamá. Ya está usted como
mi papá. No me diga que fue un soñador; era un enfermo
con el perdón de usted. ¿Qué otra
cosa? Para mí, la fortuna está ahí o, de plano,
no está. Nada de que nos vamos a sacar la lotería.
¿Cuál lotería? No, mamá. La vida no
es ninguna ilusión; es la vida, y se acabó. Está
bueno para los niños que creen en todo: "Te voy a traer
la camita", y de tanto esperar, pues se van olvidando. Aunque
le diré. A veces, pasa el tiempo y uno se niega a olvidar
ciertas promesas; como aquella tarde en que mi papá me llevó
a ver la casa nueva de la colonia Anzures.
El
trayecto en el camión, desde la San Rafael, me pareció
diferente, mamá. Como si fuera otro... Me iba fijando en
los árboles se llaman fresnos, insistía él,
en los camellones repletos de flores anaranjadas y amarillas son
girasoles y margaritas, decía.
Miles
de veces habíamos recorrido Melchor Ocampo, pero nunca hasta
Gutemberg. La amplitud y la limpieza de las calles me gustaba cada
vez más. No quería recordar la San Rafael, tan triste
y tan vieja: "No está sucia, son los años",
repelaba usted siempre, mamá. ¿Se acuerda? Tampoco
quería pensar en nuestra privada sin intimidad y sin agua.
Mi
papá se detuvo antes de entrar y me preguntó:
¿Que te parece? Un sueño, ¿verdad?
Tenía la reja blanca, recién pintada. A través
de ella vi por primera vez la casa nueva...
La
cuidaba un hombre uniformado. Se me hizo tan... igual que cuando
usted compra una tela: olor a nuevo, a fresco, a ganas de sentirla.
Abrí
bien los ojos, mamá. Él me llevaba de aquí
para allá de la mano. Cuando subimos me dijo:
Ésta
va a ser tu recámara.
Había
inflado el pecho y hasta parecía que se le cortaba la voz
de la emoción. Para mí solita, pensé. Ya no
tendría que dormir con mis hermanos. Apenas abrí una
puerta, él se apresuró:
Para
que guardes la ropa.
Y
la verdad, la puse allí, muy acomodadita en las tablas, y
mis tres vestidos colgados, y mis tesoros en aquellos cajones. Me
dieron ganas de saltar en la cama del gusto, pero él me detuvo
y abrió la otra puerta:
Mira,
murmuró, un baño.
Y
yo me tendí con el pensamiento en aquella tina inmensa, suelto
mi cuerpo para que el agua lo arrullara.
Luego
me enseñó su recámara, su baño, su vestidor.
Se enrollaba el bigote como cuando estaba ansioso. Y yo, mamá,
la sospeche enlazada a él en esa camota no se parecía
en nada a la suya, en la que harían sus cosas sin que
sus hijos escucháramos. Después, salió usted
recién bañada, olorosa a durazno, a manzana, a limpio.
Contenta, mamá, muy contenta de haberlo abrazado a solas,
sin la perturbación ni los lloridos de mis hermanos.
Pasamos
por el cuarto de las niñas, rosa como sus mejillas y las
camitas gemelas; y luego, mamá, por el cuarto de los niños
que "ya verás, acá van a poner los cochecitos
y los soldados". Anduvimos por la sala, porque tenía
sala; y por el comedor y por la cocina y por el cuarto de lavar
y planchar. Me subió hasta la azotea y me bajó de
prisa porque "tienes que ver el cuarto para mi restirador".
Y lo encerré ahí para que hiciera sus dibujos sin
gritos ni peleas, sin niños cállense que su papá
está trabajando, que se quema las pestañas de dibujante
para darnos de comer.
No
quería irme de allí nunca, mamá. Aun encerrada
viviría feliz. Esperaría a que llegaran ustedes, miraría
las paredes lisitas, me sentaría en los pisos de mosaico,
en las alfombras, en la sala acojinada; me bañaría
en cada uno de los baños; subiría y bajaría
cientos, miles de veces la escalera de piedra y la de caracol; hornearía
muchos panes para saborearlos despacito en el comedor. Allí
esperaría la llegada de usted, mamá, la de Anita,
de Rebe, de Gonza, del bebé, y mientras, también escribiría
una composición para la escuela: La casa nueva.
En
esta casa, mi familia va a ser feliz. Mi mamá no se volverá
a quejar de la mugre en que vivimos. Mi papá no irá
a la cantina; llegará temprano a dibujar. Yo voy a tener
mi cuartito, mío, para mí solita; y mis hermanos...
No
sé qué me dio por soltarme de su mano, mamá.
Corrí escaleras arriba, a mi recámara, a verla otra
vez, a mirar bien los muebles y su gran ventanal; y toqué
la cama para estar segura de que no era una de tantas promesas de
mi papá, que allí estaba todo tan real como yo misma,
cuando el hombre uniformado me ordenó:
Bájate,
vamos a cerrar.
Casi
ruedo las escaleras, el corazón se me salía por
la boca:
¿Cómo
que van a cerrar, papá? ¿No es mi recámara?
Ni
con el tiempo he podido olvidar: ¡Qué iba a ser nuestra
cuando se hiciera la rifa!