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Llegaron las fiestas de diciembre y seguía incomunicada. Mosquetero por información: ése era el trato.

El soldado me trajo una carta de mi madre.

¿Es la primer noticia que tienes de tus hijos?

Sí. Por ella me enteré del viaje que habían hecho algunos parlamentarios brasileros; supe que presionaban a mi familia para que no se vincularan a la Comisión de la ONU y que los periodistas, las organizaciones de DDHH, el Dr. Ferri y el SlJAU (Secretariado Internacional de Juristas por la Amnistía en el Uruguay), junto con otros abogados y compañeros de mi partido, habían logrado con su denuncia que esta causa se convirtiera en un hecho político y social que canalizaba las aspiraciones democráticas de la gente. Por el mismo soldado le mande una carta a mi madre y unos días después, a las tres de la mañana, nos pusieron de plantón a todos y comenzaron otra vez los interrogatorios.
Estamos cinco días parados y casi sin comer.

¿Cómo supiste que fue a raíz de la carta que llevó el soldado?

Fui armando el rompecabezas porque los oficiales mandaban a los subalternos a sonsacarme datos. La casa de mis padres estaba vigilada, vieron al que la visitó y aprovecharon la situación para aplicar una disciplina férrea entre ellos mismos. Muchos soldados fueron interrogados y torturados, algunos llegaron a denunciarse mutuamente por cosas que no habían hecho, tres de ellos quedaron procesados y otros dados de baja. Fue insólita la "bola" que armaron, y lograron crear la leyenda entre ellos de que yo era capaz de hacerles hacer cualquier cosa. A partir de ese momento y hasta que me llevaron a Punta de Rieles, ninguno se atrevió a hablarme.

Puede parecerte un disparate esta pregunta, pero mientras estabas de plantón, ¿no pensaste una sola cosa que fuese linda?

Una que me encantó: en un momento de la noche me dormí parada y durante unos segundos soñé algo que por el resto del plantón me hizo sentir bien. Caminaba por una calle de París y encontraba un árbol de flores amarillas parecidas a las del aromo; cortaba flores del árbol, muchas, muchas, y las tendía en el suelo donde me acostaba a dormir en medio de una gran frescura y con un perfume exquisito. En el sueño la sensación era de alivio, de desprendimiento, fue justo lo que precisé para descansar esa noche, porque el resto del tiempo lo pasé maravillada conmigo misma por haber soñado algo tan fresco, tan lindo, tan necesario.

¿No tuviste complejo de culpa por lo que le pasó al soldado que te llevó la carta?

Sufrí mucho por eso pero, por otro lado, pienso que lo que tenía que hacer y que él hizo lo mismo, y que lo cruel, lo injusto, era lo que la dictadura hacía con nuestras vidas, con la de él, con la mía, con la de todos. Ese soldado era buen tipo y tenía seguramente buenos sentimientos, aunque tal vez nunca hubiese pensado en la situación del país o que tuviera la menor conciencia de lo que estaba pasando.

Tal vez la dictadura estrechaba tanto los márgenes que los limites estaban entre ser humanos y no serlo, y nada más.
Hay muchos pequeños gestos que se valoran en esas circunstancias aunque se tienda a pensar que todo forma parte de la misma maquinaria. Cuando los soldados venían a hablar conmigo, en el fondo yo pensaba (porque era difícil de discernir) que muchos lo hacían porque se lo mandaban, y eso también era cierto. Tendemos a creer que la maquinaria es más perfecta de lo que en realidad es. De todas formas, en ese episodio concreto, sufrí y me sentí culpable. Eran muchas cosas: mis hijos, Ana, el soldado.

Y traen a Carmen, la madre de un compañero que estaba en Brasil en el momento que fuimos secuestrados. Tenía delirios y los oficiales aprovechaban sus crisis para preguntarle dónde encontrarlo.

Su marido y su hijo menor también estaban detenidos. Ella, pese a sus alucinaciones, no confundía los términos (los psicólogos dicen que la locura es refugio para los presos) y yo podía oírla desde mi calabozo gritar, mientras los oficiales observaban mis reacciones por la mirilla. El Capitán Giannone, Bassani y el subjefe del cuartel, Mayor Gree, me presionaban para que firmara la declaración la que constataba que había sido detenida en Uruguay; hacian depender de eso el traslado de todos los compañeros a los respectivos penales. Debía tomar una decisión, pero todos los elementos a tener en cuenta formaban un rompecabezas diabólico que nunca terminaba de armarse: si firmaba, estaba en contradicción con la campaña que se estaba levantando contra el secuestro; si no lo hacía, ¿podría soportar que presionaran a otros compañeros, que jodieran más a Carmen?

La culpa es un sentimiento culturalmente femenino, es la materia constitutiva de nuestra afectividad formada en la disociación de roles, y en este sentimiento se enlazan las cadenas más firmes y sólidas que atan la vida de las mujeres. Tenía un principio y un convencimiento, pero ¿hasta dónde y hasta cuándo iba a resistir el peso de tanta responsabilidad? Ya antes había descubierto mi dificultad para resolver los problemas que planteaba la militancia política en lo que tenía que ver con las responsabilidades. No en asumirlas personalmente, que más bien me pasa lo contrario, pero sí en lo que se refiere al ejercicio del poder. Esto, que años después ha constituido uno de los ejes de mi reflexión y mi acercamiento al feminismo, en todo ese período de clandestinidad y cárcel se me aparecía como un nudo difícil e inabordable.

La tarde anterior a que me llevaran a juez fue muy angustiosa. Finalmente, decidí que iba a firmar y que mi falta de heroísmo fuera valorada en ese contexto. Cuando volví del juez, estaba vacía.

¿Qué piensas hoy de haber firmado y del costo político que pudo tener?

Creo que, en primer lugar, defraudé a mis padres y a mis compañeros. Pero pensaba (tal vez para conformarme): "Ellos están libres y yo estoy aquí, sé lo que puedo o no puedo soportar". Podría elaborar un razonamiento muy prolijo sobre la correlación de fuerzas y lo que podía valer o no y hasta dónde. Es un poco absurdo hacerlo. Lo viví mal, como una cobardía, y lo fui superando en mi propia afirmación en la resistencia cuando me quedé sola.

¿Pero cuál es la cobardía realmente? ¿El miedo por lo que les pasa a los otros o el miedo a sentirte culpable porque, de no firmar, se ensañarían más con ellos?

Las dos cosas. Pero no quiero pensarlas hoy y darles una explicación que podría tener mucho de justificación. Prefiero decir que no tuve fuerzas para dar más. El miedo es un monstruo de muchas cabezas y a veces cortás una y crees que lo venciste, pero le quedan todavía otras, ocultas e invisibles, las que han crecido y anidado en tu interior sin que dieras cuenta.

Me he equivocado muchas veces, tal vez mucho más que la mayoría de la gente, pero he sabido conservar un sentimiento de "omnipotencia" que me permite pensar siempre en el mañana como una promesa, y en cada cosa que vivo como más rica y plena que la anterior.

Ese día mi omnipotencia fue derrotada. No podía dormir, y Ana, que captaba detrás del muro los ruidos sordos de mi angustia, me cantó, despacito, "Palabras para Julia".


* Aparecido en la publicación Cotidiano mujer, Uruguay.