______________________________________________
Mi habitación, mi celda*.................................Preguntas guía

Prólogo

De Lilián Celiberti yo solo sabía que era una militante del Partido por la Victoria del Pueblo, que trabajaba como maestra, que era feminista y que su nombre dos por tres aparecía citado en los medios de comunicación a raíz del secuestro que ella, sus dos hijos (Francesca de 3 años y Camilo de 7) y Universindo Rodríguez habían sufrido en 1978 en Porto Alegre debido a una acción conjunta del ejército nacional uruguayo y el DOPS brasileño.

Sabía también que, de lo vivido por los uruguayos en las cárceles de la dictadura había cientos de testimonios en la prensa y que de ellos, los publicados en forma de libro tenían un denominador común que se sumaba a los otros: eran hombres quienes escribían. Sin embargo, todos habíamos escuchado alguna vez hablar de las presas en el Penal de Punta Rieles, de su resistencia, de su capacidad creativa, de los poemas y el teatro clandestino, de la fuerza y la solidaridad con que enfrentaran la represión. ¿Qué había pasado con ellas? ¿por qué hablaban tan poco de sí mismas? ¿otra vez la historia sería contada solamente por los hombres, incluso ahora, que en la lucha por la democracia había nacido en el país un movimiento de mujeres exigiendo participación y reivindicando su protagonismo?

Alguien tenía que empezar a armar esta historia y me preguntaba por qué Lilián, que a sus años en el Penal de Punta de Rieles sumaba una reflexión feminista, no daba un testimonio sintetizador de las dos experiencias. Por eso este libro es el producto de una conversación de tres meses y no pocas discusiones y de la que quedaron once cassettes que son a la vez reportaje, diálogo, reflexión y catarsis de la que ambas nos responsabilizamos.

Pero es, sobre todo, un pequeño fragmento de la historia que debe ser contada y es apenas parte de la historia de una de esas mujeres, con su visión personal de una vida colectiva. Muchas de las compañeras que estuvieron en el Penal de Punta Rieles estarán de acuerdo con su enfoque y muchas no. Ojalá sea lo suficientemente controvertido como para que otras voces sumen otros fragmentos.


Palabras para Julia

El 7 de diciembre me trasladan a un nuevo cuartel, el Batallón de Infantería Nº 13. Descubro que en los calabozos hay otras mujeres y empiezo a distinguir a las que conozco. Una de ellas, Ana Salvo, amiga desde la infancia.

Los calabozos eran abiertos, con rejas que daban a un corredor donde hacía guardia un soldado y desde afuera era vigilado por el puesto a la entrada del cuartel. La orden era no mirar para allá y no darse vuelta sin capucha, cosa que cumplo el primer día hasta saber exactamente dónde estoy; después, es como todo...

Soy bastante desafinada, pero de las otras veces en que había estado presa recordaba mi alegría al escuchar el canto de alguien. Por eso, cuando llegué, me puse a cantar para que las otras mujeres se sintieran también acompañadas. Con Ana habíamos establecido una forma de comunicación escrita en miga de pan, donde analizábamos todo lo que sucedía y a la vez nos pasábamos canciones. Es decir, ella me las pasaba a mí porque nunca supe una canción completa y su cabeza parecía un cancionero.

Las mujeres tenemos esa capacidad de comunicamos en cualquier circunstancia con todo lo que es esencial (desde el análisis político a la sensación más personal, pasando por el "Barquito de papel" de Serrat) y es vital desafiar a la destrucción con esa emotividad y esa fuerza.

La presencia de Ana en el cuartel me dolía especialmente; había salido hacia un año de Punta de Rieles después de una experiencia brutal de secuestro en Buenos Aires con compañeros que aún están desaparecidos, como Gatti y Duarte. Tenía dos hijos, estaba separada y había tenido que enfrentar muchas cosas sola. Es de una enorme calidad humana y yo sentía que su bondad la había llevado a enfrentar más de una vez situaciones difíciles. Recuerdo que un día, estando ella en Buenos Aires, me escribió una carta diciéndome la necesidad que sentía de vivir su vida, estudiar y abrirse camino después de una experiencia matrimonial un poco frustrante. La militancia desde el exilio se le aparecía como algo contradictorio a esos objetivos. Ana, como muchas mujeres jóvenes y militantes, se enfrentó a la maternidad y a la pareja fracasada, y quedó sola para encararlo. Algunos compañeros no entendían estas situaciones porque apartaban totalmente lo personal de lo político, y la mujer debía vivir esto con sus culpas y sin poder compartirlo realmente. Yo había comprendido profundamente esa necesidad de espacio personal que Ana me había planteado y por eso me dolía más su nueva cárcel y me sentía responsable: había tomado contacto con ella por intermedio de otra compañera, en el marco de clandestinidad que se vivía en ese momento: así llegaron hasta Ana.

Yo sentía culpa por no haber respetado mis propias convicciones. En el calabozo 3 había otra mujer que apenas conocía pero que me había impresionado por la forma en que enfrentaba la situación.

Marlene trasmitía fuerza con su voz y te inspiraba confianza hasta en el modo de caminar y llevar la cabeza tan alta, tan segura. No viví nada más deprimente que el día que nos llevaron al juez y vi a varios compañeros no levantar la cabeza del piso. Ana y Marlene me alegraban porque eran capaces de desafiar a los guardias con tal de intercambiar entre nosotras una simple sonrisa.

Seguía comunicándome con Ana por las cartas de pan, pero el día es tan largo cuando no se puede salir, ir a un cine, leer, trabajar, hacer la comida, llamar a un amigo, tomarse un 404 para ver dónde queda Libia en pleno Montevideo, que por las migas descubrí primero a una tortuga mirándome con cara de recién levantada, con cara de filósofo o de borrachito (vaya uno a saber) y después el pan se atrevió a algo más complicado y convocó ángeles, mosqueteros, principitos, brujas que fueron poblando la tarima del calabozo donde los iba colocando como en una exposición del Salón Municipal de Rechazados. Y los soldados miraron, y los soldados miraban, y fueron trayendo pedacitos de papel, la envoltura plateada de las cajas de los cigarrillos y más pan, doble ración de pan en las comidas para que les explicara cómo se hacían los muñecos, para saber por qué poro de la miga era que brotaban las tortugas. Vaya uno a saber.