Hora: 7:19
Día: Jueves 19 de septiembre de 1985.
Magnitud: 8.1 grados. Escala de Richter, 8 grados. Escala Mercalli.
Energía: equivalente a 1,114 bombas atómicas de 20 kilotones
cada una.

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Los
vi sembrados en la tierra como pinitos
Preguntas
guía
Rodolfo Mora Rodríguez pertenece al comité ejecutivo
de la Sección número 15 del Hospital Juárez;
es un hombre pequeño, delgado y más bien tímido:
Quisiera
dar una explicación rápida, para no aburrir, de lo que
pasó el día 19. El temblor me agarró en el camino,
en el monumento a la Revolución. Luego luego pensé en
el Hospital Juárez, que estaba averiado. Llegué como
a las 10 y era un caos tremendo; en el camino me encontré al
director, Jesús Aguilar, y en ese momento me dieron ganas de
golpearlo
Los
compañeros se metieron a las grietas sin importarles que se
les fueran a caer encima bloques de concreto y acero. Había
una grieta de 20 centímetros y oímos voces: Ayúdennos,
ayúdennos, y empezamos a rascar con lo que se podía,
a tratar de mover la piedra con barretas, con palas, con las manos.
A uno se le ensangrentaron toditas. Un socorrista dijo:
-Necesitamos
gente delgadita; un delgadito que se pueda meter. En ese momento
a mí que soy muy acelerado, según dicen los
muchachos, muy aventado-, me temblaron las piernas y traté
de esconderme. Vi que se empezaron a ver y nadie decía nada
y dije: Yo voy.
-Ten una lámpara y métete a ver -me encargaron- ¿o
tienes miedo?
Todas las losas estaban hacia abajo. Como pude me metí.
-¿Cuántos son ustedes? -pregunté una vez adentro.
-Somos ocho.
-¿Cómo están?
-Pásanos oxígeno.
Los
compañeros médicos me dieron suero y oxígeno
y con barretas y con lo que pude agrandé un poquito la grieta,
muy poquito, apenas se podía pasar.
Tengan
calma les dije, los vamos a sacar.
Uno de ellos me reconoció, allí en el Hospital me
conocern como Niño Mora, yo me llamo Rodolfo Mora Rodríguez.
Niño Mora, Niño Mora, sácanos.
Mandamos
a que trajeran una autógena para romper unas varillas y hacer
un boquete más grande, así pude introducirme más,
los muchachos me agarraron de los pies. Les pedí que me pasaran
una cubeta para ir sacando escombros, pero cuando vi el cuadro, sentí
que me iba a quedar adentro porque estaban todos parados, enterrados
de pie, y los escombros cubriéndoles casi todo el cuerpo sólo
uno de ellos tenía más o menos las manos libres,
estaban como tiesos, amontonados, sembrados como pinitos. Sentí
desesperación fuerte. Les grité a los de arriba: Jálenme,
jálenme, me sacaron y les informé cómo estaba
la situación. Pusimos palos para que no se cayera todo; empezamos
como a las 12 del día y terminamos como a las 8 de la noche.
Al final yo estaba tan mal que me decían que ya no entrara:
Mejor ve a que te encamen.
No,
son mis compañeros y no los puedo dejar allá abajo,
si no los puedo sacar, yo aquí me quedo.
Con
las barretas se hizo más grande el boquete. Me llamaban y entré
de nuevo. Allá adentro un médico, el único que
podía mover las manos, me agarró de los hombros: Mora,
Morita, te doy lo que quieras pero sácanos. Me acordé
de las albercas, cuando el que se lanza se ahoga con el otro: Espérate,
si no, aquí nos quedamos los dos.
Con
los compañeros de afuera fuimos a pedirle a los médicos
ayuda. Yo me asomaba por el boquete: Aguántense tantito, los
vamos a sacar. Como pudimos, sacamos a tres. Entonces los médicos
me dijeron que a los que quedaban les hiciera una prueba con el bisturí;
les cortara cualquier pedacito, de cualquier parte, para ver si estaban
vivos. Luego de ver a una doctora jovencita, pero jovencita de veras,
yo me sentí... pues... sentí temor. Cualquier movimiento
lo veía grave. Entonces a los de afuera les dije la verdad,
que ya no tenían vida.
Se perdieron días valiosos en los que se pudo rescatar compañeros
vivos.
Después
vino un médico porque nadie le quería entrar allí,
también delgadito. Pudo meterse. A las personas muertas teníamos
que rescatarlas, ¿no?, pero lo urgente eran los que más
o menos estaban vivos, en tarea de hormiga que duró como hasta
eso de las 3 de la mañana. A esa hora entró el ejercito
y a todos los civiles nos desalojaron; nos dijeron que traían
gente preparada. No podíamos seguir entrándole. El viernes
nos echaron más para atrás, acordonaron toda la zona
de desastre, y no nos dejaron hacer lo que es nada y ellos tampoco
hicieron lo que es nada, andaban viendo más o menos por dónde
podían entrar, el sábado fue lo mismo. Del otro lado
de la reja del hospital, los familiares de pie día y noche
preguntando. Querían cooperar. Ya estábamos a domingo
cuando llegaron los equipos franceses e israelíes y empezaron
a trabajar, pero nosotros queríamos entrarle, como cuadrilla.
Cuando vimos que ya se iban, detuvimos a los franceses por medio de
un niño que sabía francés. Contestaron que se
retiraban porque los soldados los habían corrido. Y que ya
estaban cerca de unos compañeros sepultados vivos, y que lo
que necesitaban ellos era tiempo, y que los dejaran trabajar y, púmbale,
que los soldados arbitrariamente los corren. Qué tiempo ni
qué tiempo, el ejército era el que madaba y punto.
Como
nosotros éramos del Comité Ejecutivo pues ¿qué
hacer? Fuimos a hablar con el director, Jesús Aguilar, pero
ni nos dio la cara. Lueguito allí se hizo un pequeño
mitin, empezamos a decir a todos que por culpa de las autoridades
estaban nuestros compañeros bajo tierra y no nos dejaban ir
en su auxilio. Después vino un soldado que comandaba toda esa
zona y nos echó un rollo, que no, que ellos estaban allí
para cuidar físicamente de nosotros. Le dijimos que en lugar
de traer metralletas que fueran por palas, ¿no? Total que ya
nos dejaron a las cuadrillas y a mí me pusieron al mando de
una, y una compañera me dice:
¿Sabes
qué? Tengan cuidado, tú no le entres porque te van a
meter en una agujero y te dan en la torre.
No, no lo creo, porque vamos a ir varios.
De todos modos el domingo en la noche y con mayor razón el
lunes empezaron a echar a la gente para atrás. Se perdieron
unos días bien valiosos en los que se pudo haber rescatado
a muchso compañeros.
Ahorita
lo que pedimos es que se rescaten los cuerpos y se informe a los familiares
que acampan a una lado del Hospital Juárez. Los pobres toda
la noche se quedan allí y no hay ni quien les lleve una taza
de café. Lo que quieren es ver a sus gentes para enterrarlos.
Lo
que nosotros tenemos es coraje, un coraje harto. Ese coraje nos a
va a hacer levantar de nuevo el Hospital Juárez, porque ahorita
con la austeridad, con el Mundial que viene, es probable que pongan
unos árboles, hagan un centro recreativo, hagan lo que sea,
pero nada de hospital. Queremos que el Juárez vuelva a ser
lo que era: un hospital para la gente más necesitada del país.
Quieren evitar a toda costa que un grupo organizado haga presión
sobre las autoridades. Eso es lo que nos da a nosotros coraje, la
sordera de las autoridades.
Ni
siquiera como Comité nos dejan estar allí; en la noche
sacan los cadáveres pro otro lado, rápido, como si quisieran
borrarlo todo para acabar más pronto.