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La
desesperanza cae antes que la noche*
Preguntas
guía
Cristina
Pacheco
I
Desde
la mañana en que ocurrió el desalojo, Miguel tiene como
única tarea cuidar las pertenencias que quedaron a mitad del
camino: el colchón plagado de manchas, el catre vencido, el
buró que se volvió depósito de ollas y trastos,
un tanque de gas. El niño vigila especialmente la sábana
donde están las cucharas de peltre, el radio, prendas de vestir,
un par de zapatos de su madre, algunos cascos vacíos y un Sagrado
Corazón tan natural que "hasta tiene pestañitas".
Sentado
en lo alto de su observatorio Miguel escucha a las mujeres. De un
extremo a otro de la calle que nunca tuvo nombre se cuentan capítulos
de una experiencia común: "Por Dios santo que no me imaginé
que nos echaran las máquinas..." "Entonces ¿creyó
que las trajeron a dar la vuelta?" Incansables, levantan muros
falsos con montones de muebles y cartones; de las sábanas y
manteles rotos, hacen techos. Bajo las mesas, los recién nacidos
se agitan, duermen, se mordisquean los puñitos húmedos
de lágrimas. "Escuinclito tragón ¿a poco
quieres más chichi...?"
En
medio del desorden, se ha ido organizando una rutina. Cada mañana
muy temprano sale una comisión para pedir audiencia y justicia
al Delegado que ordenó el desalojo. Al atardecer, los hombres
y mujeres vuelven malhumorados, torvos: "¿Qué les
dijeron, cuándo podemos volver a nuestros terrenos?" Con
desaliento alguien contesta: "Ni siquiera nos recibió,
menos iba a oírnos. A ver si mañana". El día
termina pronto: la desesperanza cae antes que la noche.
II
Las
mujeres tendrían más ánimo para luchar si la
madre de Miguel, Artemisa, fundadora de la colonia, no hubiera adquirido
ese aire silencioso, distante, que la hace parecer un fantasma. "También,
pobre: ¿cómo no iba a trastornarse? Imagínese
que ella sí ni supo a qué horas le tiraron su casa.
Ese día salió como siempre. Ella trabaja en casas: una
distinta cada día. Dice que le sale mejor que estar de planta.
Cuando volvió, que de repente va viendo su casa todita caída
y sus chivas por allá, botadas. De ver aquello le dio como
un desvanecimiento en la cabeza. Cuando me acuerdo de´so y del
Miguelillo, agarrando al sargento de las piernas para que no les tiraran
su casa, se me hace chiquito el corazón..."
En
efecto, la mañana del desalojo Artemisa sólo alcanzó
a ver los escombros, las máquinas que iban de retirada, avanzando
sobre lo que habían sido muros, puertas, ventanas de la casa
que construyó con sus propias manos. "Yo me acuerdo bien
cómo trabajó la pobre. Venía a las cinco, seis
de la tarde, con la espalda hecha pedazos de lavar, se echaba un taco
y a darle: puro acarrear cubetas de tierra, imagínese. desde
Fuentes hasta acá, al pelo. Ella misma puso los cimientos y
se dio abasto en todo, haga de cuenta un hombre. Todo por la ilusión
de su casa..."
III
Una
noche, tendido junto a su madre, Miguel la oye gemir. El llanto, suave,
casi dulce, poco a poco se vuelve un alarido. "¿Oíste
eso?" "Ave María Purísima, ¿quién
llora así?" Los cuerpos oscuros se yerguen sobre los montones
de ropa que sirven de cama; los perros responden con ladridos incontenibles;
los niños lloran asustados. Miguel, hincado junto a su madre,
la oye en una especie de confesión:
"¿Ora
qué hacemos? ¿A dónde nos vamos? Figúrate
nomás, todo el trabajo echado a la basura. Quince mil pesos
di por el terreno, m´endrogué; y tu padre, con tal de
no darle la cara al compromiso, mejor prefirió largarse. ¿Qué
hacemos hijo? ¿Adónde jalo contigo? ¿Dónde
nos metemos, pues?"
Miguel
guarda silencio. Estira la mano y acaricia a su madre. Artemisa sólo
tiene una frase para expresarle su amor: "Si fuera yo solita,
qué le hacía; pero contigo, m´hijo, ¿qué
hago? ¿Dónde te meto?"
*
Tomado de Sopita de fideo, México, Aguilar, León
y Cal Editores, 2000.
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