Tomado del libro Hijos de la Primavera: vida y palabras
de los indios de América, F. C. E., México, 1994,
pág. 180
Coordinador: Federico Navarrete Linares.
Adaptación: Federico Navarrete Linares.
Ilustrador: Susana Abundis.
Cuando nacía una niña entre los antiguos nahuas, su padre le dirigía estas palabras para recibirla en el mundo. Se llamaban huehuetlatolli, "palabras de los viejos", porque por incontables generaciones los padres las habían dicho a sus hijos:
- Aquí estás, mi hijita, hermosa como collar de piedras finas, como plumaje de colores. Eres mi obra humana, nacida de mi. Tú eres mi sangre, mi color, en ti está mi imagen. Vives, has nacido, te ha enviado a la tierra el
Hacedor de la Gente. Ahora, escucha estas palabras:
- Mi muchachita: he aquí a tu madre, tu señora. De su vientre naciste, de su seno te desprendiste, brotaste. Como si fueras una yerbita, una plantita, así brotaste. Como si hubieras estado dormida y hubieras despertado. Ahora que ya puedes ver por ti misma, date cuenta. Aquí sobre la Tierra no hay alegría, no hay felicidad. Hay angustia, preocupación, cansancio. Por aquí surge, crece el sufrimiento. Así son las cosas en este mundo.
- Dicen los viejos que para que no siempre andemos gimiendo, para que no estemos llenos de tristeza, Nuestro Señor nos dio a los hombres la risa, el sueño, los alimentos, que son nuestra fuerza, y también el amor, por el cual sembramos
gente.
- Todo esto embriaga la vida en la Tierra, de modo que no andemos siempre gimiendo.
- Hija mía, mira, escucha. Así es en la tierra. No seas vana, no andes como quiera, no andes sin rumbo. ¿Cómo vivirás? ¿Cómo seguirás aquí por el poco tiempo que te sea dado?
- Durante la noche debes estar vigilante. En la mañana levántate de prisa, extiende tus manos, extiende tus brazos, aderézate la cara, aséate las manos, lávate la boca, toma la escoba, ponte a barrer. No te estés dando gusto, no te pongas nomás a calentar junto al fogón. Lava la boca a los otros, quema incienso para Nuestro Señor, porque así se obtiene su misericordia.
- Y hecho esto, cuando ya estés lista, ¿qué harás? ¿Cómo cumplirás tus deberes femeninos? ¿Acaso no prepararás la bebida, la molienda? ¿No tomarás el huso, la cuchilla del telar? Mira bien cómo quedan la bebida y la comida, cómo se hacen, cómo quedan buenas, adiéstrate también en el huso, en la cuchilla del telar.
Después de hablar así a su hija recién nacida, el padre tomaba su cordón umbilical y lo ataba alrededor de un huso de madera pequeño, que enterraba bajo el suelo de la habitación, cerca del hogar. Así garantizaba que la muchacha no se alejaría de la casa y que se dedicar a las labores que le había señalado.
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