Tomado del libro Hijos de la Primavera: vida y palabras
de los hijos de América, F. C. E., pág. 182
Coordinador: Federico Navarrete Linares
Adaptación: Juan Manuel Romero.
A todos los niños mexicas les llegaba la hora de llenarse de obligaciones y su vida hogareña era interrumpida por un nuevo compromiso: la escuela. Los hijos de campesinos y artesanos asistían al colegio
de su barrio, donde se les preparaba para ser guerreros.
Las familias de la nobleza, en cambio, mandaban a sus hijos al Calmécac, centro dedicado a la enseñanza de los futuros gobernantes.
El día en que debía ingresar a la escuela, el chico era llevado hasta el Calmécac. Sus padres lo acompañaban. Traían consigo los objetos necesarios para la ceremonia de iniciación: papeles de colores, copal, taparrabos, mantas, plumas verdes y coll
ares de oro.
Dentro de la capilla vestían al niño con ropas de gala. Posteriormente cubrían su cuerpo y rostro con tinta negra. De inmediato le colocaban un collar y perforaban sus diminutas orejas. La sangre que brotaba de las heridas era arrojada sobre la im
agen de Quetzalcóatl.De aquí en adelante el chico debía acostumbrarse a soportar el dolor de herir su cuerpo. Por último, el pequeño sacerdote escuchaba con cuidado los consejos de su padre sobre el cumplimiento de sus obligaciones:
- -Sabemos que naciste de tu venerable madre y de mí, pero debes honrar y obedecer a tus maestros como a tus verdaderos padres. Ellos tienen la autoridad para castigarte pues son quienes te abrirán los ojos y te destaparán los oídos para que
aprendas a ver y a escuchar. Hoy nos separamos de ti y nos sentimos tristes. Pero tenemos que presentarte al templo al que te ofrecimos cuando aún eras una criaturita y tu madre te hacía crecer con su leche. Ella te cuidó cuando dormías y te limpió cuan
do te ensuciaste; por ti padeció cansancio y sueño. Ahora ya estás grandecito; es el momento de ir al Calmécac, lugar de llanto y pena donde completar s tu destino. Pon mucha atención hijo mío muy amado: en vano tendrás apego a las cosas de tu casa. Tu
nuevo hogar y tu nueva familia están aquí en el templo del señor Quetzalcóatl. Olvida que naciste en un lugar de abundancia y felicidad.
Dicho esto, los padres daban la media vuelta y salían sin volver la vista. Sabían que ni esa noche ni las siguientes su pequeño llegaría a dormir a casa; las reglas de la escuela establecían que todos los estudiantes debían pasar la noche dentro de
l santuario, sin más cobija que sus propias ropas.
Las faenas del Calmécac empezaban muy temprano. A las cuatro de la mañana los jóvenes se levantaban a barrer y limpiar los aposentos. Se decía que los sacerdotes imitaban al viento que barre el suelo para que caiga la lluvia. Si algún joven se que
daba dormido, se hacía merecedor de un castigo: le arrojaban cubetadas de agua fría o lo golpeaban con ramas de ortiga.
Terminadas la labores de limpieza, y cuando el Sol estaba aún oculto, daban principio los trabajos en el campo.
Los alumnos pasaban largas horas juntando leía, cuidando las milpas, levantando paredes, emparejando camellones y abriendo canales. El sudor y la fatiga encontraban alivio con la comida que otros compañeros llevaban hasta la milpa. Sin embargo, se
consideraban graves pecados la glotonería y la avaricia; las reglas obligaban a comer poco y a compartir todos los alimentos, incluyendo aquellos obsequiados por los familiares.
El crepúsculo de la tarde anunciaba la vuelta al recinto. Una vez en él aprendían a tocar instrumentos musicales: flautas de barro, caracoles y tambores. También estudiaban los códices, pues era deber de todo alumno el conocimiento de los secretos
que las viejas pinturas encerraban.
Algunas noches se dedicaban a la penitencia. El rito daba principio con un baño purificador en agua fría. Cerca de la medianoche comenzaba la caminata. Cada sacerdote elegía un sendero solitario. Llevaba un caracol que iba tocando, una bolsa con co
pal y puntas de maguey. Los mayores avanzaban hasta los montes o los ríos; los pequeños no llegaban muy lejos; todos hacían su mejor esfuerzo. Una vez en el lugar elegido, el penitente se desnudaba, metía las espinas de maguey en una pelotilla de heno e i
ba clavándoselas, una a una, en diferentes partes del cuerpo. Hería de esta manera muslos, brazos y lengua para ofrendar su dolor y su sangre.
Concluido el ritual se escuchaban los caracoles que anunciaban el retorno de los jóvenes al Calmécac.
|