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Me pareció que antes de partir debía ver algunas de las antiguallas de los indios no muy distantes de México, de modo que el jueves 19, montado a caballo, llegué (atravesando la laguna de San cristobal) a Acolman o Aculma, parroquia de los padres agustinos, desde donde, habiendo reposado un poco, me fui a la aldea de Teotihuacán (que significa en aquella lengua lugar de los dioses y adoración), a seis leguas de distancia. Descansé durante la noche en casa de don Pedro de Alva, nieto de don Juan de Alva, descendiente de los reyes de Texcoco. La mañana del viernes 20 me acompañó él mismo a ver las pirámides, a una legua de allí apartadas. Vimos primeramente la llamada de la luna, situada al septentrión, dos de cuyos lados medían doscientas varas españolas, que son cerca de seiscientos cincuenta palmos, y los otros dos lados de ciento cincuenta varas. No teníamos instrumentos para tomar la altura, pero por lo que pude juzgar, era de doscientos palmos. A decir verdad no era más que un montón de tierra hecho a gradas, como las pirámides de Egipto, pero las de egipto son de piedra dura. Hubo antes en la parte más alta de la misma un ídolo de la luna grandísimo, hecho de piedra muy dura, aunque burdamente; pero luego monseñor Zumárraga, primer obispo de México, por celo de la religión lo hizo romper; y hasta el día de hoy se ven tres grandes pedazos al pie de la pirámide. En
estas grandes moles había hechas algunas bóvedas en donde
se sepultaba a los reyes, por lo que aún ahora el camino conserva
el nombre de micóatl, que significa en lengua mexicana camino de
muertos. Alrededor se ven varios montecillos hechos a mano que se considera
sepulcros de señores. Pasamos luego hacia el mediodía para
ver la pirámide del sol llamada Tonatiuh, distante doscientos pasos
de la mencionada. Medidos dos lados los encontramos de trescientas varas,
pero los otros lados no eran de más de doscientas. La altura era
de un cuarto más que la de la luna. La estatua del sol que había
encima de ella, después de haber sido rota y removida de su lugar,
permaneció en el medio, sin haberla podido hacer caer al suelo
por el tamaño de la piedra. Esta figura tenía una gran concavidad
colocada en el pecho, en donde estaba colocado el sol, y el resto estaba
toda cubierta (como la de la luna) de oro, que luego tomaron los españoles
en el tiempo de la conquista. Hoy se ven al pie de la pirámide
dos grandes pedazos de piedra que eran parte de los brazos y los pies
del ídolo. Dos cuestiones surgen de ello: la primera, cómo
cortaban los indios tan dura piedra no conociendo el uso del hierro; la
segunda, cómo la transportaban y levantaban a tal altura, careciendo
por completo de máquinas y del arte de inventarlas. Además
de ello, en las cercanías no se encuentran piedras de tal dureza,
y para conducirlas desde lejos no tenían mulas ni caballos ni bueyes,
pues tales animales fueron introducidos allí por los españoles.
La palabra cu no es mexicana (bien podía ser de Michoacán
o de otra provincia), porque los mexicanos llaman a la iglesia teocalli
o tzompantli.
Volví
el sábado 21 a casa por el mismo camino. Me costó cara la
curiosidad de ver las pirámides, pues el domingo 22 murió
mi caballo, por el esfuerzo excesivo hecho durante el viaje. . .
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