La
oposición mas extrema a la política petrolera cardenista,
en el plano interno, provino del cacique de San Luis Potosí y
ex secretario de agricultura, Saturnino Cedillo; quien inicialmente
había apoyado a Lázaro Cárdenas en su conflicto
con Plutarco Elías Calles, pero empezó a distanciarse
de él por estar en desacuerdo con su programa de reformas. La
posibilidad de una revuelta encabezada por éste cacique no era
desconocida por Cárdenas.
Mes
y medio después de decretarse la expropiación, el 15 de
mayo de 1938, la legislatura de San Luis Potosí dio a la publicidad
un decreto desconociendo al General Lázaro Cárdenas como
presidente de la República. En el mismo se destacaba que la expropiación
petrolera no favorecía a la economía del país.
La
rebelión Cedillista nunca tuvo posibilidades de triunfo. Cárdenas
redujo al mínimo el empleo de la fuerza para sofocarla; mas bien
recurrió a la persuasión para dispersar a la escasa fuerza
rebelde.
Un
factor importante que debilitó a este tipo de iniciativas subversivas
fue que no se vieron favorecidas con el apoyo del gobierno norteamericano.
Washington prefirió no correr riesgos, pues le preocupaba seriamente
que los movimientos fascistas o comunistas europeos llegaran a cobrar
vigencia en el continente americano.
Sin
embargo, el éxito de la expropiación, en el plano interno,
no dependió únicamente de la habilidad del régimen
para neutralizar a la oposición, sino de su capacidad para mantener
a flote un enorme complejo industrial a pesar de la ausencia de personal
capacitado. El desarrollo general del país no había permitido
la formación de cuadros técnicos nacionales que pudiesen
tomar fácilmente sobre sus hombros la dirección de la
industria petrolera. En los primeros años el gobierno tuvo que
depender casi por entero del Sindicato de Trabajadores Petroleros de
la República Mexicana (STPRM). De hecho durante el primer periodo
de independencia de la industria petrolera, surgieron fuertes conflictos
provocados por la pugna entre el gobierno y el sindicato por su control
y administración. Sobrevinieron varias amenazas de huelga y diversos
actos de sabotaje; pero finalmente el gobierno logró imponer
su punto de vista.
Los
obreros ocuparon los altos puestos abandonados por los técnicos
extranjeros; saliendo adelante muchos de ellos. En poco tiempo fue posible
comprobar, contra los pronósticos de muchos, que las innumerables
dificultades técnicas no hundirían a la industria recién
nacionalizada.
La
situación no pasó inadvertida para la embajada norteamericana.
En mas de una ocasión Josephus Daniels, entonces embajador en
México, señaló al Presidente de los Estados Unidos
Franklin D. Roosevelt, y a Cordell Hull Secretario de Estado norteamericano,
que no había manera de que Cárdenas diese marcha atrás,
ya que su posición era mas sólida que nunca.