"Dios
permitió que la iglesia occidental, a causa de sus pecados,
fuera echada abajo. Se presentaron, de hecho, ciertos pseudo profetas,
los hijos de Belial, y los testigos de Anticristo, que sedujo a los
cristianos con palabras vacías. Obligaron a toda clase de hombres,
por la predicación inútil, a colocarse en contra de
los sarracenos para liberar Jerusalén. La predicación
de estos hombres era tan enormemente influyente que los habitantes
de cada región, por los votos comunes, se ofrecieron libremente
para la destrucción. No solamente la gente ordinaria, sino
reyes, duques, marqueses, y otros hombres poderosos de este mundo
también lo hicieron; todos creyeron que mostraban así,
su lealtad a Dios. Los obispos, los arzobispos, abades, y otros ministros
y prelados de la iglesia se unieron para cometer este error, lanzándose
de cabeza al gran peligro de cuerpos y de almas. Las intenciones de
los hombres eran diferentes. Algunos, codiciosos después de
saber de las novedades del Oriente, fueron para conocerlas. Los otros
fueron conducidos por la pobreza, estaban en una posición difícil
en su propio país; estos hombres fueron a luchar, no solamente
contra los enemigos de la cruz de Cristo, sino también contra
los amigos del nombre cristiano, dondequiera que apareciera la oportunidad,
para aliviar su pobreza interior. Hubo otros quienes, oprimidos por
deudas, intentaron escapar del servicio debido a sus señores;
también hubo otros que, aguardando el castigo merecido por
sus hechos vergonzosos buscaron una salida. Tales hombres simularon
un celo para con Dios y aceleraron su partida, para escaparse de tales
apuros y ansiedades. Algunos podrían, con dificultad, ser encontrados
entre los que no habían arqueado sus rodillas a Baal, sólo
que fueron dirigidos por un propósito santo como es ser inspirado
por su divina majestad para pelear, o incluso derramar sangre por
el Santo de Santos".