La Jornada
Directora General: Carmen Lira Saade
México D.F. Miércoles 24 de abril de 2002
Política
Arnoldo
Kraus
Israelíes,
palestinos y "los otros"
Las voces de los pacifistas en Israel son contundentes, pero insuficientes.
Los muertos palestinos suman demasiados; lamentablemente sus cadáveres
siempre serán inútiles y nunca asaz para que sobre sus
cuerpos se trace paz alguna. La inseguridad como cotidianidad en la
vida de los israelíes, no sólo cual destino, sino como
muerte, es un fenómeno brutal, devastador e incomprensible para
la gran mayoría de quienes habitamos otros países. Sumidos
en la peor de las barbaries, ambas poblaciones se encuentran asfixiadas
en un túnel, cuyo fin parece inalcanzable. ¿Qué
decir acerca de los muertos? ¿Cómo encontrar el término
adecuado que describa el odio que ha infestado la región y que
se ha propagado, nuevamente, sobre todo en Europa, en palabras y en
acciones, bajo la realidad del antisemitismo?
La destrucción y las muertes causadas por el ejército
israelí son yermas, inservibles y repugnantes. Ury Avnery, pacifista
israelí y miembro del Parlamento, escribió al reflexionar
sobre los sucesos actuales, y en particular en los acontecimientos de
Jenin: "Nada bueno para Israel saldrá de esta aventura,
así como nada bueno salió de las anteriores aventuras
de Sharon. La concepción del operativo era estúpida, su
ejecución cruel, y los resultados serán desastrosos. No
traerá seguridad ni paz, no resolverá problema alguno,
pero aislará a Tel Aviv y pondrá en peligro a los judíos
en todo el mundo".
Avnery, por supuesto, tiene razón: la espiral generada por las
muertes carece de fin. El odio es una enfermedad brutalmente contagiosa
que se propaga como la peor de las epidemias. Sembrarlo es fácil;
erradicarlo, imposible.
Los actos terroristas de los palestinos -se dice que es su única
defensa- no son menos nauseabundos. Al mundo le preocupa, con razón,
que el poderío del ejército israelí sea muy superior
a la fuerza de los combatientes palestinos. Pero la sinrazón
que cobija al palestino que decide dedicar su vida a Dios y a su pueblo
no es menos temible que los tanques de Israel. Atrás de cada
terrorista palestino hay una larga historia no sólo fundada por
Israel: fanatismo, dinero en grandes cantidades, las torpezas de Arafat,
e incontables caras embozadas que ven con buenos ojos cómo vuelan
los cuerpos de 10, 15 o 20 israelíes mientras toman café
o celebran una fiesta. Las madres de los suicidas dicen sentirse orgullosas
de sus vástagos y ofrecen las vidas de los otros. La muerte del
hijo representa un ingreso que oscila entre 25 mil y 100 mil dólares,
y se lee como un acto divino que enaltece no sólo al pueblo,
sino a Dios. El asesinato de israelíes no se considera un acto
de venganza, sino de justicia. Al igual que la malevolencia, el fanatismo
es un acto preñado de estupidez en el cual el peso y valor de
las palabras son nulos. Denominar mártires a los terroristas
es contraponer valores.
El dinero proveniente de "los otros" actores, quienes parecen
lavarse las manos por la situación actual de los palestinos,
pero que han sido actores cimentales desde siempre en el conflicto,
es parte ineludible de la trama. Los palestinos han servido como pegamento
para unir a las naciones árabes contra Israel y no debe soslayarse
en la discusión actual. Lo mismo sucede con las naciones vecinas
de Israel, que nunca han incorporado a los palestinos a sus vidas. Tampoco
debe olvidarse que algunos de esos países los han vejado, asesinado
y olvidado. Han suministrado mucho dinero para alimentar la inquina
y crear centros de terrorismo, pero han contribuido poco, muy poco,
para sembrar escuelas, mejorar la salud o la educación. ¿Quiénes
presionaron a Yasser Arafat para que no aceptara el plan de paz de Barak
que, como se recordará, ofrecía "casi todo"
lo que el líder palestino había solicitado? La única
forma de entender la persistencia de Arafat en el poder es que su presencia
conviene a múltiples y oscuros intereses. O ¿acaso ha
mejorado la calidad de vida de sus connacionales?
El odio de los palestinos se ha alimentado por el de los israelíes
y viceversa. Esa suma rebasa todo diálogo. La inutilidad de la
ONU, de Estados Unidos, de destrucción de parte de la vida palestina
y la siniestra presencia de quienes apoyan y consideran justos los actos
terroristas ha creado un entramado inimaginable.
Por ahora, las muertes y el odio han sepultado todo diálogo.
Los palestinos merecen el derecho a la autodeterminación, el
fin de la ocupación y vivir en libertad y seguridad. Los israelíes
requieren ser reconocidos por las naciones árabes y garantizar
su seguridad. Mientras Sharon y Arafat persistan en el poder será
imposible.