Tranquilo
amaneció ese día 11 de septiembre de 1973. Un chorro
de luz alegre me golpeó el rostro cuando abrí las ventanas.
Tranquilo venía el mar, tranquilo estaba el cielo, y un aire
tranquilo mecía las flores del jardín. Me sentía
animosa, le debo haber sonreído a la mañana llena de
luz. Ningún mal presagio nos anunció el gran cataclismo
de este día 11 de septiembre. Lo estábamos esperando
con una ilusión muy grande. Era el señalado para fin
a varios proyectos que se trabajaban hacía bastante tiempo.
Ese día llegaría a la Isla Negra Sergio Insunza, nuestro
abogado y gran amigo que en ese momento era ministro de Justicia de
Salvador Allende. Llegaría con los estatutos de la Fundación
Pablo Neruda, con el testamentos de Pablo y con los planos y la maqueta
de la que sería la casa principal de la Fundación, en
Punta Tralca. Todo estaba listo para la firma, que se haría
ese día...
Como
todos los días, estábamos alegres, conversando de los
mil detalles para afrontar la jornada. Era muy temprano. Encendimos
la radio para oír las noticias. Entonces todo cambió.
Había noticias alarmantes, dadas en forma desordenada. De pronto,
la voz de Salvador Allende. Pablo me mira con inmensa sorpresa: estábamos
oyendo su discurso de despedida; sería la última vez
que escucharíamos su voz.
“Esto
es el final”, me dice Pablo con profundo desaliento. Yo protesto.
“no es verdad, esto será otro trancazo, el pueblo no
lo permitirá.”
Nada
se aparece en mi recuerdo a esa hora que trato de evocar; mi exceso
de vitalidad estaba reñido con la conformidad o la aceptación
de hechos tan contrarios a todas mis esperanzas y deseos. De repente
enmudezco, algo me llama poderosamente la atención, Pablo reacciona
en forma extraña para mi, distinta a la del hombre batallador
y fuerte que conozco. En su actitud, en sus ojos, hay un brillo vacío,
inconscientemente desesperado. Para hacer algo pido el desayuno, pero
es difícil distraerlo cambia febrilmente de radio, está
oyendo al mismo tiempo Santiago y las noticias del extranjero. Fue
así como supimos más tarde por una radio de Mendoza,
la muerte de Salvador Allende. Fue asesinado en La Moneda, que había
sido incendiada, comunicaban las radios extranjeras. En Santiago se
demoraron horas en informar al pueblo de la muerte de su presidente.
Estamos
solos con este inmenso dolor. Seguimos oyendo las noticias: nadie
puede salir de su casa, quien desobedezca morirá. Son los primeros
bandos.
Chile
entero está preso en su casa. Yo tengo la loca esperanza de
que muy pronto nos dirán que el movimiento subversivo ha sido
sofocado, pero estoy equivocada y, como siempre Pablo, con esa intuición
profética que comprobé tantas veces, tenía razón.
Esto era el fin. Todo este júbilo del pueblo, esta esperanza
de una vida con igualdad, con justicia, se va desvaneciendo....
...Estamos
aquí, solos, sintiendo toda la amargura del mundo. Salvador
Allende asesinado, La moneda incendiada, muy pronto por televisión
veríamos las llamas, el humo, la destrucción, y nos
preguntábamos entonces: ¿Dónde estaban estos
chilenos capaces de hacer todo esto? ¿Dónde estaban,
que nosotros no sabíamos de su existencia?
Por
televisión vimos el asalto a la Casa de los Presidentes de
Tomás Moro; veíamos salir a la gente sacando canastos
con ropas que desbordaban, algunas prendas caían. ¿Era
posible todo esto?...