Luego de mucho batallar con el Número Dos, y su sucesor, Número Tres, John Harrison empezó a construir la que sería su obra maestra, el reloj marino Número Cuatro, que no sólo sería el reloj más preciso del mundo, sino también el más hermoso.
Al terminar el Número Cuatro, en 1759, Harrison lo sometió a duras pruebas por espacio de dos años. Por fin, en 1761, volvió a presentarse ante el Consejo de la Longitud. Éste le concedió una prueba marítima y William, hijo de John Harrison, partió con el Número Cuatro a Jamaica a bordo del Deptford. A los nueve días de travesía, el barco se encontraba a 13 grados 50 minutos al oeste de Greenwich según las mediciones del capitán, pero el Número Cuatro no estaba de acuerdo. Según William Harrison, la longitud correcta era 15 grados 19 minutos. Si estaba en lo cierto, tendrían que avistar la isla de Madeira al amanecer. A las 6 de la mañana del día siguiente el vigía atisbó las islas. Cuando por fin llegaron a Jamaica, el reloj de Harrison sólo se había atrasado cinco segundos, lo que equivalía a un error de longitud de poco más de un minuto de arco (60 minutos hacen un grado). De vuelta en Portsmouth, Inglaterra, el error total acumulado en cinco meses de viaje equivalía a un error de longitud de 28 minutos y medio, menos que los 30 minutos que especificaba el decreto del Parlamento para otorgar el premio.
John Harrison con el Número Cinco, reloj tan perfecto como el cuatro, pero considerablemente más pequeño. Los relojes, o cronómetros marinos, de Harrison fueron un modelo que se copió sin muchas modificaciones durante dos siglos.